En cocinas y baños, el porcelánico suele ser la opción más práctica por su resistencia a la humedad y el mantenimiento mínimo. En salones y dormitorios, la madera aporta una calidez que el porcelánico no iguala, a cambio de un cuidado algo mayor.
La decisión no debería tomarse solo por estética: conviene valorar el uso real de cada estancia, el presupuesto disponible y el mantenimiento que estáis dispuestos a asumir a largo plazo.